1. Prácticas, ideas y espiritualidades
Una idea muy arraigada en nuestras
espiritualidades dentro del contexto chileno, es aquella que idealiza comunidades de fe, además de ideas
preconcebidas, de estereotipos de espiritualidad y santidad, tal vez algo de
biopoder y biopolitica en palabras de Foucault existe tras esta interpretación
que se construye, puesto que una cantidad considerable de las interpretaciones
tienen como eje central el poder de un liderazgo que suele tener un discurso
totalizador que maneja desde el cuerpo hasta asuntos de conciencia.
Si se
pretende resistir ante esta práctica, el mecanismo utilizado es similar al
derecho de la espada, es decir un poder de liderazgo soberano, más bien formal, tiene entre sus manos el poder de dejar morir o dejar vivir[1],
a tal punto que es usual ver por ejemplo, que la
percepción de santidad en la literatura masiva evangélica o en mensajes
carismáticos, se enfoque desde la privación o de un ascetismo, que mientras
mayor rigurosidad exista para sufrir y enajenarse de un mundo sediento de amor y solidaridad, más espirituales y más
conectados con lo divino estamos, cuando finalmente solo nos refugiemos en las
cómodas cuatro paredes.
Algo claro hay: tenemos excesivamente idealizado el ser
seguidores de Jesús, y quien escape de estos presupuestos, es un hereje, y así
queda relegada la importancia de desarrollar relaciones significativas puesto
que no es la primera prioridad.
Otra práctica muy
arraigada es que hemos aprendido muy bien a ser “corporaciones”, es decir
manejar a la perfección los entramados jurídicos y administrativos, pero
bastante poco el ser Iglesia-comunidad. Esa que abriga al migrante, abraza a
niños, mira con amor a las minorías y ve con hambre de justicia la realidad
ante el panorama de los personajes del relato del hombre que bajaba a Jericó y
se encuentra con un Samaritano: aquellos explotados y olvidados de un sistema
tan poco humano.
Creo que es bastante
inhumana la pretensión de vivir en el más allá, olvidando el más acá. Muchas
veces hemos oído o leído respecto de la propuesta contracultural del evangelio,
pero en un ejercicio de honestidad ¿Qué elemento de contra-culturalidad tiene
omitir la condición de dignidad y de ciudadanos de un Estado, como las minorías
éticas y sexuales? Al llegar a este punto, considero que esto es el fiel
reflejo de que cada vez nos estamos alejando más
de ser la iglesia de Dios que entiende que es dispensadora y no dueña de la
Gracia de Dios (incurre en el pecado de apropiación).
2. El desafío frente a nosotros: más que
un compendio de sana doctrina, amar con sentido y contenido en nuestra
realidad.
Dar cara a una realidad desafiante
es como individuos y colectivamente unir nuestras voluntades y querer un mundo
mejor y más justo, que no será meramente reactivo a los acontecimientos, es por
ejemplo educar en temáticas sexuales, alejados de la idealización que termina
frustrando, es fortalecer la familia, en tanto se consideren todos los aspectos
que la debilitan como por ejemplo el ingreso per cápita con el cual deben vivir
una familia, un entorno sano y libre de contaminación, alimentación saludable,
jornadas laborales que permitan el tiempo de calidad de padres con sus hijos.
Es luchar por los derechos civiles de los marginados. Es difícil dentro de todo, más cuando existe
una adicción a lo extático y de ello emanan cual llamas de un potente fuego que
nos asombra y deja perplejos, pero oculta la evidencia de la exclusión y
sufrimiento.
Jon Sobrino, respecto de
Ellacuria y esta idea de hacernos cargo de la realidad, decía lo siguiente: la inteligencia «no se ha dado al hombre
para evadirse de sus compromisos reales, sino para cargar sobre sí con lo que
son realmente las cosas y con lo que realmente exigen»[2].
Es el minuto de correr el velo, ser honestos con nosotros
mismos, y hacernos cargos de la realidad, volver a ser compasivos como nuestro
Maestro lo es, recuperar espacios fecundos de comunicación y dialogo, al igual
que la parábola, acercarnos a los moribundos hasta el punto de quedar impuros
como ocurre en el relato, vendar a los heridos que en sus caminos han sufrido.
Abrir los ojos y ver a aquellos que transitan moribundos con el corazón
ensangrentado en nuestro entorno, hacernos cargo de los hermanos nuestros, aun
los más pequeños, sin pensar si el sujeto está afiliado a una institución
religiosa o adscribe una confesión de fe.
Esta idea ya se
encontraba en las primeras comunidades de la cual nos relata el libro de los
Hechos de los apóstoles, ahí apreciamos ese
valor de lo comunitario, que tenían inclusive cosas en común como el
desapego de lo material. De este modo al calor del amor de Dios, cada cual
participaba de la realidad de su hermano. Esto es un total desafío en una
sociedad liquida que valora la individualidad y desde el inicio de la etapa
escolar tiene inscrito como valor el competir y no el solidarizar.
3. La realidad y nuestra honestidad.
Lo descrito y propuesto,
es también una oportunidad de honestidad
frente a nuestro creador y nuestros hermanos. La filosofa Hannah Arendt en su
texto Eichman en Jerusalén, introduce
un concepto denominado “banalidad del mal”,
el cual consiste en la falta de conciencia y la irreflexión dentro de una
institución, que pudiera fácilmente
llegar a convertir a las personas que forman una organización (como en Eichman)
en un atroz criminal. Considero que este concepto de Arendt, nos puede ser de
gran utilidad al momento de repensar nuestras espiritualidades y el cómo nos
estamos encargando de la realidad, este estadio de irreflexión, de incapacidad
e indolencia al no considerar las repercusiones, en las consecuencias de
nuestros actos, siendo además un peligro constante el ni siquiera levantar el
más mínimo cargo a la conciencia, sistemas y estructuras de este tipo favorecen
el desarrollo de una postura abiertamente acrítica, en consecuencia nada es
cuestionable, ni siquiera la realidad misma, ni el deber ético de hacernos
cargo y cargar con la realidad.
Es momento de dejar a un
lado el ver y utilizar el mirar, así como la Biblia nos comparte sobre el
relato del ciego de nacimiento, en donde a este hombre a través de la mirada
del dogma se le enjuiciaba señalando al destajo y sin tapujos ¿Quién pecó?
Puesto que asociaban este estado de desgracia al pecado de alguno de sus
progenitores. Debemos comprender que ver no requiere precisamente una
explicación, en este ciego Jesús ve una realidad y una oportunidad de
manifestar su gloria, dejando de lado la especulación condenatoria que se
mantiene pasiva, Jesús—según relata el filósofo Omar Cortes Gaibur—utiliza la
modalidad del curandero, es decir no explica, solo obra, Dios abra no solo
nuestros ojos y más que ver, podamos mirar e involucrarnos, es oportunidad para
también abrir nuestros brazos y corazones.
El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de
mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí”. Mateo
45:40
[1]
Esta idea la trata Michel Foucault en su texto: Defender la sociedad, sería interesante un ejercicio de
cuestionamientos respecto de la teoría de la soberanía, ya que dentro de las
religiones esta dinámica de soberanía y liderazgos que dominan toda serie de
decisiones, es bastante usual.
[2]Esta
cita está tomada de un texto de la Dra. Lorena Zuchel, denominado: Ignacio
Ellacuría, filósofo cristiano., la cita en
el texto de Zuchel señala: J. SOBRINO, “’El pueblo crucificado’ y ‘la
civilización de la pobreza’. ‘El hacerse cargo de la realidad’ de Ignacio
Ellacuría”, en J. A. NICOLÁS y H. SAMOUR, Historia, ética y ciencia. El impulso
crítico de la filosofía de Zubiri (Comares, Granada 2007) PP. 431.
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