jueves, 26 de julio de 2018

Hacernos cargo de la realidad 2a parte.


1.      Prácticas, ideas y espiritualidades
Una  idea muy arraigada en nuestras espiritualidades dentro del contexto chileno, es aquella que idealiza  comunidades de fe, además de ideas preconcebidas, de estereotipos de espiritualidad y santidad, tal vez algo de biopoder y biopolitica en palabras de Foucault existe tras esta interpretación que se construye, puesto que una cantidad considerable de las interpretaciones tienen como eje central el poder de un liderazgo que suele tener un discurso totalizador que maneja desde el cuerpo hasta asuntos de conciencia. 
Si se pretende resistir ante esta práctica, el mecanismo utilizado es similar al derecho de la espada, es decir un poder de liderazgo soberano, más bien formal,  tiene entre sus manos el poder de dejar morir o dejar vivir[1], a tal punto que es usual ver por ejemplo, que la percepción de santidad en la literatura masiva evangélica o en mensajes carismáticos, se enfoque desde la privación o de un ascetismo, que mientras mayor rigurosidad exista para sufrir y enajenarse de un mundo sediento de  amor y solidaridad, más espirituales y más conectados con lo divino estamos, cuando finalmente solo nos refugiemos en las cómodas cuatro paredes. 
Algo claro hay: tenemos excesivamente idealizado el ser seguidores de Jesús, y quien escape de estos presupuestos, es un hereje, y así queda relegada la importancia de desarrollar relaciones significativas puesto que no es la primera prioridad.

Otra práctica muy arraigada es que hemos aprendido muy bien a ser “corporaciones”, es decir manejar a la perfección los entramados jurídicos y administrativos, pero bastante poco el ser Iglesia-comunidad. Esa que abriga al migrante, abraza a niños, mira con amor a las minorías y ve con hambre de justicia la realidad ante el panorama de los personajes del relato del hombre que bajaba a Jericó y se encuentra con un Samaritano: aquellos explotados y olvidados de un sistema tan poco humano.
Creo que es bastante inhumana la pretensión de vivir en el más allá, olvidando el más acá. Muchas veces hemos oído o leído respecto de la propuesta contracultural del evangelio, pero en un ejercicio de honestidad ¿Qué elemento de contra-culturalidad tiene omitir la condición de dignidad y de ciudadanos de un Estado, como las minorías éticas y sexuales? Al llegar a este punto, considero que esto es el fiel reflejo de que cada vez nos estamos alejando más de ser la iglesia de Dios que entiende que es dispensadora y no dueña de la Gracia de Dios (incurre en el pecado de apropiación).

2.      El desafío frente a nosotros: más que un compendio de sana doctrina, amar con sentido y contenido en nuestra realidad.

Dar cara a una realidad desafiante es como individuos y colectivamente unir nuestras voluntades y querer un mundo mejor y más justo, que no será meramente reactivo a los acontecimientos, es por ejemplo educar en temáticas sexuales, alejados de la idealización que termina frustrando, es fortalecer la familia, en tanto se consideren todos los aspectos que la debilitan como por ejemplo el ingreso per cápita con el cual deben vivir una familia, un entorno sano y libre de contaminación, alimentación saludable, jornadas laborales que permitan el tiempo de calidad de padres con sus hijos.
 Es luchar por los derechos civiles de los marginados.  Es difícil dentro de todo, más cuando existe una adicción a lo extático y de ello emanan cual llamas de un potente fuego que nos asombra y deja perplejos, pero oculta la evidencia de la exclusión y sufrimiento.

Jon Sobrino, respecto de Ellacuria y esta idea de hacernos cargo de la realidad, decía lo siguiente: la inteligencia «no se ha dado al hombre para evadirse de sus compromisos reales, sino para cargar sobre sí con lo que son realmente las cosas y con lo que realmente exigen»[2].

Es el minuto de correr el velo, ser honestos con nosotros mismos, y hacernos cargos de la realidad, volver a ser compasivos como nuestro Maestro lo es, recuperar espacios fecundos de comunicación y dialogo, al igual que la parábola, acercarnos a los moribundos hasta el punto de quedar impuros como ocurre en el relato, vendar a los heridos que en sus caminos han sufrido. Abrir los ojos y ver a aquellos que transitan moribundos con el corazón ensangrentado en nuestro entorno, hacernos cargo de los hermanos nuestros, aun los más pequeños, sin pensar si el sujeto está afiliado a una institución religiosa o adscribe una confesión de fe.

Esta idea ya se encontraba en las primeras comunidades de la cual nos relata el libro de los Hechos de los apóstoles, ahí apreciamos ese  valor de lo comunitario, que tenían inclusive cosas en común como el desapego de lo material. De este modo al calor del amor de Dios, cada cual participaba de la realidad de su hermano. Esto es un total desafío en una sociedad liquida que valora la individualidad y desde el inicio de la etapa escolar tiene inscrito como valor el competir y no el solidarizar.

3.      La realidad y nuestra honestidad.
Lo descrito y propuesto, es  también una oportunidad de honestidad frente a nuestro creador y nuestros hermanos. La filosofa Hannah Arendt en su texto Eichman en Jerusalén, introduce un concepto denominado “banalidad del mal”, el cual consiste en la falta de conciencia y la irreflexión dentro de una institución, que pudiera  fácilmente llegar a convertir a las personas que forman una organización (como en Eichman) en un atroz criminal. Considero que este concepto de Arendt, nos puede ser de gran utilidad al momento de repensar nuestras espiritualidades y el cómo nos estamos encargando de la realidad, este estadio de irreflexión, de incapacidad e indolencia al no considerar las repercusiones, en las consecuencias de nuestros actos, siendo además un peligro constante el ni siquiera levantar el más mínimo cargo a la conciencia, sistemas y estructuras de este tipo favorecen el desarrollo de una postura abiertamente acrítica, en consecuencia nada es cuestionable, ni siquiera la realidad misma, ni el deber ético de hacernos cargo y cargar con la realidad.

Es momento de dejar a un lado el ver y utilizar el mirar, así como la Biblia nos comparte sobre el relato del ciego de nacimiento, en donde a este hombre a través de la mirada del dogma se le enjuiciaba señalando al destajo y sin tapujos ¿Quién pecó? Puesto que asociaban este estado de desgracia al pecado de alguno de sus progenitores. Debemos comprender que ver no requiere precisamente una explicación, en este ciego Jesús ve una realidad y una oportunidad de manifestar su gloria, dejando de lado la especulación condenatoria que se mantiene pasiva, Jesús—según relata el filósofo Omar Cortes Gaibur—utiliza la modalidad del curandero, es decir no explica, solo obra, Dios abra no solo nuestros ojos y más que ver, podamos mirar e involucrarnos, es oportunidad para también abrir nuestros brazos y corazones.

 El Rey les responderá: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí. Mateo 45:40



[1] Esta idea la trata Michel Foucault en su texto: Defender la sociedad, sería interesante un ejercicio de cuestionamientos respecto de la teoría de la soberanía, ya que dentro de las religiones esta dinámica de soberanía y liderazgos que dominan toda serie de decisiones, es bastante usual.
[2]Esta cita está tomada de un texto de la Dra. Lorena Zuchel, denominado: Ignacio Ellacuría, filósofo cristiano.,  la cita en el texto de Zuchel señala: J. SOBRINO, “’El pueblo crucificado’ y ‘la civilización de la pobreza’. ‘El hacerse cargo de la realidad’ de Ignacio Ellacuría”, en J. A. NICOLÁS y H. SAMOUR, Historia, ética y ciencia. El impulso crítico de la filosofía de Zubiri (Comares, Granada 2007) PP. 431.

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